Artículo extraído de la revista PEGASUS Año 2 N°4 – Bs As – Junio – Agosto de 1997

“MINIMI”                                        

Miniaturas Británicas de Monedas Romanas

Por Damián Salgado

Pocas áreas de la numismática arqueológicas permanecen tan oscuras como el estudio de los “radiados bárbaros”, y otras imitaciones de las monedas romanas acuñadas en Europa Occidental durante la segunda mitad del Siglo III y principios del Siglo IV DC (y posiblemente siglos subsiguientes), período de inflación y escasez monetaria. La crudeza de los diseños, cospeles y metales empleados, la convierten en una numismática poco atractiva.

Sin embargo, resulta notable que pocos expertos, a pesar de la avidez generalizada por encontrar áreas inexploradas en la numismática arqueológica, hayan reparado en este campo tan fértil como misterioso.

Dentro de este vasto campo, destacan por su inusual tamaño y diseño los llamados “minimi”, o bronces mínimos británicos. Tradicionalmente despreciados por todos los coleccionistas, que generalmente se encandilan con los hermosos y esculturales sestercios de los dos primeros siglos, estos diminutos bronces tienen una importancia histórica, a mi entender, vital. Aparecen aquí y allá, mezclados en grandes lotes de monedas romanas excavadas o descubiertas por los aficionados a la detección de metales en casi todo el Reino Unido; y conforme a los testimonios de tesoros, no parece aventurado decir que, en algún momento, (tal vez un período relativamente largo) formaron la base de la circulación monetaria en lo que fuera la provincia romana de Britannia.

En 410 DC, los romanos abandonaron definitivamente la fría e inhóspita isla, para no regresar jamás. Los habitantes, quienes seguían sin duda considerándose a sí mismos “romanos”, -si bien la población de la isla no era esencialmente de origen celta, o más bien una mezcla entre esta raza y aborígenes provenientes de la Península Ibérica, posiblemente originarios del Norte de África- debieron arreglárselas por su cuenta. Militar y socialmente, seguramente se organizaron en torno a jefes o caudillos locales semi-romanos, “guardianes de la cultura” que los defenderían de los salvajes invasores escoceses, irlandeses y más tarde sajones de Germania; uno de estos jefes “subromanos” es sin duda quien fuera acordado en la más tarde leyenda medieval del Rey Arturo.

En el plano económico, las monedas romanas siguieron circulando (dado que no hubo ninguna autoridad administrativa lo suficientemente centralizada como para acuñar moneda decente en cantidad significativa hasta bien entrado el siglo VIII DC). Las monedas del viejo imperio se encontraban ya tan desgastadas que a veces los ejemplares de los tesoros parecen meros cospeles sin acuñar.

Paralelamente, y de forma creciente, surgen las imitaciones locales de esas monedas romanas. Éstas no eran nada desconocido para los británicos: durante los años inmediatamente posteriores a la conquista romana bajo el emperador Claudio (43 DC), lo que seguramente fuera una fuerte carencia de numerario había sido efectivamente paliada con imitaciones locales de monedas romanas de bronce: sestercios, dupondios, y ases producidos por grabadores locales. Estas monedas “falsas” debieron ser al menos toleradas por la autoridad romana local, dada la falta de numerario metropolitano, y las ciudades locales eran sin duda consideradas demasiado “salvajes” como para gozar del privilegio de moneda local oficial. Esta situación se prolongo posiblemente durante varios años. Hacia la época de Nerón, sin embargo, el problema del abastecimiento de numerario parecía haberse solucionado de una manera u otra.

La inflación de la segunda mitad del Siglo III volvió a plantear nuevamente la necesidad de moneda imitativa. Esta vez, debido al creciente abandono y falta de interés de los romanos por esta isa pobre, fría, alejada y poco hospitalaria, la producción de moneda primitiva fue seguramente intermitente. Durante la usurpación de Carausio (287-293 DC), Britannia gozó de moneda romana oficial propia por primera vez; las acuñaciones del usurpador a menudo se mezclan con moneda imitativa.

De modo que, volviendo al tema especifico de esta nota, cuando en 410 DC, las fuerzas romanas de ocupación abandonaron la isla, (y con ellas, todo signo de autoridad de la metrópoli, incluida su moneda) sus habitantes ya tenían una idea de cómo enfrentar el problema. Se registra un florecimiento de la moneda imitativa, sólo que su calidad estilística y peso, ya fuera de todo control o contraste directo por parte de las autoridades, declinan con una velocidad vertiginosa. Como dijimos antes, la moneda romana “buena”, acuñada en las cecas oficiales del continente, esta cada vez más desgastada, y el pueblo va perdiendo parámetros de “con qué comparar” a la hora de determinar si la moneda es falsa o auténtica. Finalmente, la moneda, de escaso o nulo valor intrínseco (estamos hablando del bronce) tampoco tiene valor fiduciario, ya que falta una autoridad que la respalde. El resultado es una progresiva degeneración de las imitaciones: para empezar, son esencialmente (salvo ejemplos tempranos) anepígrafas, ya que, de todas maneras, seguramente tanto los usuarios como los fabricantes de las mismas serían analfabetos. Por lo demás, la pérdida de peso, que siempre precede a la reducción del módulo, va dejando la leyenda fuera del flan.

El resultado es que, cierto tiempo después, estas monedas de las “Edades Oscuras” son diminutas imitaciones de las últimas monedas romanas que circularan en Britannia. Por un lado, reconocemos a veces una cabeza radiada, que nos recuerda a los últimos emperadores del siglo III DC, especialmente Claudio Gótico y los Tétricos. Otros tipos imitativos están claramente basados en monedas de la dinastía Constaniniana: follis y centenionales del Siglo IV DC. El tamaño va reduciéndose tanto, que algunos ejemplares miden apenas 7, 6 y hasta 5 milímetros de diámetro! Sin duda, se encuentran entre las acuñaciones en metal bajo más diminutas efectuadas jamás.

En una etapa posterior, el estilo de las monedas degenera de tal manera que a menudo resulta imposible determinar los diseños que el grabador a deseado representar (si es que realmente ha deseado representar algo). Es una etapa en que la moneda, ya carente de todo valor intrínseco, diseño específico, y autoridad cívico militar de respaldo, es “moneda primitiva”, o “fichas”, aceptadas por el mero consenso del pueblo, por “costumbre”.

Sin embargo, estas humildes y diminutas monedas nos hablan de un período misterioso, una etapa de leyenda en la que la tenue capa de romanización de la isla va diluyéndose progresivamente, dando lugar a un resurgimiento de los diseños abstractos y estilizados netamente célticos; es la etapa mitológica británica por excelencia, la etapa en la que va a surgir la leyenda étnica (completada con elementos más tardíos durante la Edad Media plena) del Rey Arturo y sus Caballeros de la Mesa Redonda.  

 

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